Querido pueblo de Bahabón, bahaboneros, amigos todos. Quiero en primer
lugar, aunque suene a manido tópico pero que es obligado trámite, si nos atenemos
al viejo dicho castellano de que “agradescer es virtud, non deber”, dar las gracias al
Ayuntamiento, a vuestro Alcalde y a la Comisión de Fiestas, por el inmerecido honor
que ha supuesto para mí compartir con vosotros un momento tan señalado: el de
pregonar la Fiesta de la Virgen de Agosto que esta Tierra celebra en honor de su
Patrona, María Santísima de la Asunción.
Mi relación con este pueblo ya viene de antiguo: hace ya muchos años, tuve
ocasión de compartir diversión juvenil con un bahabonero, que ahora es taxista;
tiempo después, de defender profesionalmente, como abogado y en Madrid, los
derechos laborales de una bahabonera; actualmente, de colaborar, en silencio y en
la Universidad de Valladolid, con quien es vuestro actual Alcalde, en favor de
aquellos a quienes les es negado el sentido del oír, pero no el de comunicarse con
los demás. Creo que es, más por esto último, por lo que se me ha pedido que
cumplimente este honroso trámite.
Lo que se pregona es el merecido, y al tiempo esperado, momento en el que
el calendario -¡dichoso calendario, que a las veces vanamente enfrenta!- suspende
la rutina del monótono curso del año y estalla de alegría, estableciendo la
oportunidad, no sólo de honrar a vuestra asunta Patrona, sino también de compartir
con vuestros parientes y habientes, con vuestros vecinos y visitantes, la alegría de
unos días festivos ganados al pulso de esa laboriosidad que os honra como
castellanos viejos y es conocida en toda España.
He recorrido, con el pie y con la mirada, apeonado el paso y amusgada la
vista, este recoleto Valle del Valcorba --que nace muy, muy cerca de vuestro término
y desagua en el padre Duero, dando nombre al Sexmo, perteneciente de muy
antiguo, jurídicamente, a la Comunidad de Villa y Tierra de Cuéllar, y geográfica y
culturalmente a caballo entre la segoviana comarca de La Churrería, famosa por sus
renombradas ovejas churras, y el vallisoletano y señorial Campo de Peñafiel--.
Siquiera sea una enhiesta línea verde de chopos que destaca en la combinación de
calcáreos pedregales y dorados páramos que se pierden en el horizonte y que, junto
a este cielo tan absoluto y tan sin celajes que parecería blanco de puro azul,
conforma el territorio en el que, con tanto trabajo de luengos siglos, se asienta
vuestro paisanaje. Con ello, he apreciado la rudeza de vuestro esfuerzo y la eterna
capacidad de superación que poseéis las gentes de esta recia Tierra.
Una vez más, ¡siempre Castilla!, dos pensamientos, aparentemente
encontrados, han revoloteado por mi mente.
En primer lugar, la idea bucólica (¿quién ha dicho que la nostalgia es mala?:
sólo un tonto aburrido) de añoranza de otros tiempos, de un pequeño pueblo
castellano nacido alrededor de la fuente de las “buenas aguas” –que no otra cosa
significa Bahabón--, a la vera del viejo camino entre esas dos grandes ciudades
realengadas como fueron Cuéllar y Valladolid, por el que pasaban los azagadores
de los ganados churros y recorrieron toda suerte de caminantes, arrieros y trajineros,
recaudadores de alcabalas y de diezmos, y sargentos de levas... Ello me lleva,
indefectiblemente, al recuerdo de un pueblo entregado de siempre a la hospitalidad
del camino --¡bendita hospitalidad la del humilde, más auténtica por cuanto más
necesitada!-- y al rito cotidiano de la dureza del trabajo agrícola y ganadero, del
cuidado de los palomares y de las trojes, a más de la cantería y del
aprovechamiento de leñas en las choperas de los vallejos y en los cortos montes de
robles, encinas y pinos, tareas todas que llevaban a cabo vuestros antepasados.
Pero también a recordar, ¡oh, tiempos!, aquellos oficios de antaño ya desaparecidos
hogaño: lavanderas que parloteaban en procomún bajo el cobertizo del pilón al
ritmo del fregoteo y que luego oreaban la ropa al sol y al viento, tendida sobre las
rocas y las matas: entonces la ropa sí que olía verdaderamente a limpio; ecológicos
ropavejeros que hacían trueque de ollas, botijos y tinajas a cambio de ropas viejas,
estrazas y trastos usados de casa: “el trapeeeerooo”; mañosos lañadores que
anunciaban, con cadencioso grito, su ofrecimiento para soldar barreños, tinajones o
pucheros, o para reparar paraguas y otros cachivaches: “cacharreeerooo,
paragüeeerooo”; arcadores que sacudían con sus corvadas varas las lanas de los
colchones, produciendo esos golpes secos y musicales, únicos, que rasgaban
sonoramente el aire: “chaac, chaac, chaac...”; pregoneros que anunciaban días de
mercadillo o mandados municipales: “De ordeeeen, del Sr. Alcaldeeee, se hace
sabeer...”. Empero, todo eso se lo llevó el viento, ese viento del que dijera Antonio
Machado, homenajeando a Azorín, grandes cantores ambos de la tierra de Castilla:
El viento frío azota los chopos del camino.
Se ve pasar de polvo un blanco remolino...
En segundo lugar, ya poniendo los pies sobre el suelo, mirando al presente y
oteando al futuro, se manifiesta con claridad el resultado de vuestro constante
esfuerzo frente a las adversidades del tiempo y a la sobriedad, casi racanería, de
estos campos. Me refiero a la reconversión que ha experimentado la vieja Bahabón.
Un Bahabón que sabe superar los retos de su duro entorno y los caprichosos
estragos de la sequía y de la Política Agrícola Común que nos mandan desde
Bruselas (¿a cuánto pagan el grano o la remolacha?¿compensa eso el gasto del
gasóleo para los tractores?), para, a pesar de todo, convertirse en una población
acogedora y emprendedora. Capaz de simultanear la azada, el hacha y la hoz,
irrenunciables señas de identidad, con el mundo vertiginoso del tractor, la
cosechadora y la Internet; capaz, en suma, de expresar la hospitalidad antigua bajo
nuevas formas, como son cumplidas muestras el albergue y la piscina-polideportivo
municipales, y, por supuesto, estas mismas fiestas que me habéis dado el honor de
pregonar.
Por otra parte, reconozco que ha sido una tarea muy ardua y no exenta de
traumas --accidentes laborales como los documentados de 1588 o 1649, pestes y
hambrunas como las que asolaron a toda Castilla durante los siglos XVI a XIX, por
las que tuvisteis que acensuar por largo tiempo vuestras tierras y vuestras casas,
etc.--, pero cuyos esperanzadores resultados están bien a la vista, al mantener vivo y
pujante para vuestros hijos el solar de los padres y abuelos, eludiendo, de esta
manera, la perpetuación de ese penoso trance de la emigración, que os ha
afectado de lleno y que ha convertido a otros lugares y aldeas (algunos muy
cercanos, no hay más que recordaros el ejemplo de Minguela, tan conocido por
vosotros) en recuerdos fantasmagóricos.
Así, pues, tratar con el paisanaje y ver y andar el paisaje de este nuevo
Bahabón, me ha reconfortado y me ha dado toda una lección acerca del valor, la
inteligencia y la constancia en el esfuerzo de los bahaboneros, inasequibles al
desaliento.
Permitidme, por todo ello, y antes de entrar en la materia de la Fiesta, que,
como hombre de pueblo que soy --nacido en Madrid, pero criado en la infancia en
las duras tierras de las estribaciones orientales de la Sierra de Gredos, y ahora
residente en Villanueva de la Cañada, un pueblo de la actual provincia de Madrid
aunque en tiempos perteneció al Sexmo de Casarrubios, de la Comunidad de Villa y
Tierra de Segovia--, me convierta, por unos instantes, en convecino vuestro, en
hombre de esta Tierra igualmente comunera, que sueña para ella tanto cuanto
desea para la propia.
Esta conversión es para deciros, tan sólo, que continuéis con vuestro camino
de progreso, con vuestra ansia de prosperidad, pero sin ignorar vuestras raíces. Las
mismas raíces que se hunden en los campos y que han forjado, al igual que las de
vuestras vidas, vuestra propia manera de ser, tan noble y firme como la recia piedra
caliza que extraíais de vuestras canteras. Pues, como decía sabiamente nuestro
inmortal Cervantes, la Historia es “... émula del tiempo, depósito de las acciones,
testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir…”.
Combinar la tradición con la modernidad es la más sabia aspiración que
puede anhelar el hombre. No os dejéis llevar por el ritmo frenético que
deshumaniza. Regresad, de vez en cuando, a la placidez de un pasado que también
tuvo sus cosas buenas y perpetuadlas en vuestros descendientes. Recuperad el
talante afectuoso y sabio del que hicieron gala muchos maestros castellanos...
Como nos cantara nuestro fray Luis de León:
¡Qué descansada vida
la del que huye el mundanal ruido...!
Volved a la tranquilidad del paseo hacia Minguela, para visitar las ruinas de
su iglesia de San Cristóbal, donde, tal vez, un día os enamorasteis. Reinventad para
los niños la romería al Santuario del Henar para, ¿porqué no?, comer el hornazo o
lo que se tercie. Seguid yendo a la fuente de las “buenas aguas” y pasead el vallejo
o el Via Crucis, a la vera de encinas y mieses. Iglesia, fuente, encinas y mieses que,
respetuosos con vuestros orígenes, habéis perpetuado en vuestro escudo.
E intentad de nuevo que, una noche de éstas y para deleite de todos,
bahaboneros y visitantes, la luna vuelva a reflejarse en la claridad plateada de
vuestro arroyo, al tiempo que, susurrando a las choperas, mieses y remolacheras,
recontéis las viejas consejas de vuestros mayores.
Sé que este deseo no es mucho pedir para la firmeza de vuestras voluntades.
Y ello es así porque el evento que hoy nos convoca no es otra cosa que una lúdica
síntesis de tradición y modernidad. La misma que en el duro trabajo cotidiano os
singulariza con respecto a vuestro entorno.
En cuanto a vuestra ya antigua fiesta, no importa en exceso su exacto origen
e interpretación. Lo que importa es que por esta Tierra que ahora pisamos, cruzaron
vacceos y romanos, moros y cristianos, señores y comunes, propios y extraños,
contendiendo todos por su goce y sus frutos. Lo que importa es que de ese cruce,
bélico y hostil otrora, amable y risueño ahora, venimos los hombres y las mujeres de
la vieja Castilla. Y lo que importa es que la gente de bien, los bien nacidos, no
olvidan a sus mayores y saben conmemorar, desprovistos de odios y antagonismos,
sus comunes orígenes.
Éste es el significado esencial que posee la Fiesta de la Virgen, que celebráis
los bahaboneros.
No deseo extenderme más en este pregón que va llegando a su fin, para que
el protagonismo de la Fiesta pase a sus auténticos artífices: las hermosas
bahaboneras y sus hombres que, para no variar, van a soñarse en estos días
epifanías de héroes y devotos, todos anónimos y cotidianos, comunes en suma.
Ha llegado el momento, por lo tanto, de acompasar el paso con los rezos,
con las músicas y con las hablas; de escuchar el estruendo de la alegría popular
que estalla en los petardos y cohetes; y de que se desborde la bien ganada
diversión. Ha llegado el momento en que, liberados de frenos, pero con prudente
medida, nos entreguemos al generoso vino del país --para mi gusto, el mejor del
mundo, hasta lo reconocen los franceses, que en eso son muy suyos--, acompañado
del buen pan candeal, del sabroso pollo de corral, del insuperable lechazo churro
al horno de leña, de los sólidos cocidos o potajes de garbanzos, de las alegres “tres
piezas” y de las salutíferas verduras de las huertas, rematado todo ello con los
renombrados quesos y dulces de la Tierra y con alguna copita de aguardiente –o,
incluso, de “cubata” o “calimocho”, como dicen y prefieren los jóvenes, y no tan
jóvenes, de ahora--. Y después, ¡al baile hasta que el cuerpo aguante!
¡Os lo habéis ganado!
Permitidme, por último, que, a modo de despedida, os pueda decir algo que
tiene que ver con la entraña de vuestro paisaje. ¡Bahaboneras!, ¡bahaboneros!,
vosotros sois la auténtica representación de esta solemne tierra de Castilla, donde
“comunes son el sol y el viento”, sois “la sal de la tierra y la luz del mundo” de que
hablaba el Evangelio, que de haberse escrito ahora citaría en su lugar, de seguro,
vuestros incomparables vinos, quesos y corderos.
¡He dicho!
¡Viva Bahabón!
¡Viva su Fiesta de Agosto!
¡Y viva la Virgen de la Asunción!
14 de agosto de 2008
Dr. José Gabriel Storch de Gracia y Asensio